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Vale la pena recordar al estilo de Luis Chávez AQUELLAS CARAVANAS GRINGAS

17 jul 2025
2 min de lectura

Por Luis A. Chávez

    La colonia petrolera de Minatitlán se asentó en una extensa sabana donde abundaban conejos, perdices y crecían a menos de medio de altura unas matitas de ricas guayabas conocidas como ítamo y de las que nunca he vuelto a degustar en mi vida.

Más o menos en su actual avenida principal, a la altura de la oficina de Tránsito, estaba un enorme camellón de tierra donde los soldados iban a sus prácticas de tiro; por ahí estaba también un campo de golf y la poza azul (al irnos de pinta, de la escuela Morelos, ahí nos bañábamos, encuerados).

La actual salida de lo que hoy es la petrolera, hacia la Infonavit, era una brecha y sus tres cuerpos de agua corrían hacia La Lagartera; también ahí nos bañábamos aunque eran aguas algo profundas. A la entrada de esa brecha, a la izquierda, un clarísimo, pequeño manantial no cesaba de manar agua de riquísimo sabor.

   Antes de que se construyera el hospital de Pemex -fue inaugurado el 18 de marzo de 1967- por esa extensa área, año con año, una profusa caravana de automóviles con remolques conocidos como "mobile homes", se estacionaban ahí unos dos días a manera de descanso para, imagino, continuar su viaje por la costa hacia Tabasco, Campeche y, tal vez, Mérida o al Caribe que todavía no despuntaba ya que la construcción de Cancún inició en 1970.

   En 1968 yo tenía 18 años de edad. Estaba dando mi servicio militar y salíamos del cuartel de la Díaz Mirón hasta donde hoy se ubican esas instalaciones que en ese entonces estaban construyéndose.

De manera que como a los 15, 16 años de edad, al enterarme por el periódico Diario La Opinión de: Llega caravana de norteamericanos al Fieles de Guiribis, iba en mi bicicleta a ver aquello a la distancia. Nunca me les acerqué, por temor a que me robaran la cartera.

   Relajados, se trataba de gringos imagino que ya pensionados y que yo recuerde jamás relacionaron con la población. Sólo estaban acostados, descansando en sus sillones plegables y, algunos más, bajo sombrillas parasol.

   No sé si las Autoridades los iban a visitar, pero sí sé que los vendedores de algodones de azúcar, palomitas y papas fritas tampoco iban a verlos para ofrecer sus productos.

Y ni gelatinas ni tamales, nada.

Eso sí, cuando los gringos se retiraban del lugar dejaban todo limpio, ni un papel tirado siquiera.

   Uno de mis amigos de aquel entonces y que también tenía bicicleta, a veces coincidía conmigo para contemplar -a la distancia- a los gringos.

-Chávez- me decía- ya te diste cuenta que no hay chamacas gringuitas?

-Sí, ya ví, puros viejitos; mejor vámonos.

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