Vale la pena recordar al estilo de Luis Chávez AQUELLAS CARAVANAS GRINGAS
Por Luis A. Chávez
La colonia petrolera de Minatitlán se asentó en una extensa sabana donde abundaban conejos, perdices y crecían a menos de medio de altura unas matitas de ricas guayabas conocidas como ítamo y de las que nunca he vuelto a degustar en mi vida.
Más o menos en su actual avenida principal, a la altura de la oficina de Tránsito, estaba un enorme camellón de tierra donde los soldados iban a sus prácticas de tiro; por ahí estaba también un campo de golf y la poza azul (al irnos de pinta, de la escuela Morelos, ahí nos bañábamos, encuerados).

La actual salida de lo que hoy es la petrolera, hacia la Infonavit, era una brecha y sus tres cuerpos de agua corrían hacia La Lagartera; también ahí nos bañábamos aunque eran aguas algo profundas. A la entrada de esa brecha, a la izquierda, un clarísimo, pequeño manantial no cesaba de manar agua de riquísimo sabor.
Antes de que se construyera el hospital de Pemex -fue inaugurado el 18 de marzo de 1967- por esa extensa área, año con año, una profusa caravana de automóviles con remolques conocidos como "mobile homes", se estacionaban ahí unos dos días a manera de descanso para, imagino, continuar su viaje por la costa hacia Tabasco, Campeche y, tal vez, Mérida o al Caribe que todavía no despuntaba ya que la construcción de Cancún inició en 1970.
En 1968 yo tenía 18 años de edad. Estaba dando mi servicio militar y salíamos del cuartel de la Díaz Mirón hasta donde hoy se ubican esas instalaciones que en ese entonces estaban construyéndose.
De manera que como a los 15, 16 años de edad, al enterarme por el periódico Diario La Opinión de: Llega caravana de norteamericanos al Fieles de Guiribis, iba en mi bicicleta a ver aquello a la distancia. Nunca me les acerqué, por temor a que me robaran la cartera.
Relajados, se trataba de gringos imagino que ya pensionados y que yo recuerde jamás relacionaron con la población. Sólo estaban acostados, descansando en sus sillones plegables y, algunos más, bajo sombrillas parasol.
No sé si las Autoridades los iban a visitar, pero sí sé que los vendedores de algodones de azúcar, palomitas y papas fritas tampoco iban a verlos para ofrecer sus productos.
Y ni gelatinas ni tamales, nada.
Eso sí, cuando los gringos se retiraban del lugar dejaban todo limpio, ni un papel tirado siquiera.
Uno de mis amigos de aquel entonces y que también tenía bicicleta, a veces coincidía conmigo para contemplar -a la distancia- a los gringos.
-Chávez- me decía- ya te diste cuenta que no hay chamacas gringuitas?
-Sí, ya ví, puros viejitos; mejor vámonos.




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