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La guerra: traiciones, asonadas y golpes de estado l

11 jul 2020
5 min de lectura

*El viaje de AMLO a EEUU

Alfredo Poblete Dolores


Durante el siglo pasado cerca de un centenar de invasiones militares, sublevaciones y golpes de estado se llevaron a cabo en América Latina y del año 2000 a la fecha ya suman, aproximadamente, una decena de insurrecciones y asonadas. La primera rebelión militar para deponer a un gobierno civil se llevó a cabo en nuestro país. En febrero de 1913, Victoriano Huerta traicionó y derrocó al presidente Francisco I. Madero. El comandante de las fuerzas armadas asesinó (22-02-1913) al presidente Madero, al vicepresidente Pino Suárez y unas horas antes a Gustavo A. Madero hermano del mandatario.

Huerta y otros milicianos de alto rango como los Generales Manuel Mondragón y Bernardo Reyes— apoyados por cadetes de la Escuela militar de Tlalpan— también se levantaron en armas en contra del gobierno. Bernardo Reyes murió por arma de fuego (9-02-1913) durante las primeras escaramuzas golpistas. Los restos de este General se encuentran depositados —por increíble que parezca— en la “Explanada de los Héroes” de la Macroplaza de Monterrey.

El embajador de Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson, jugó un papel protagónico en la sublevación. El 13 de febrero en las instalaciones de la embajada norteamericana firmaron el llamado “”Pacto de la ciudadela” que posteriormente fue conocido como “Pacto de la embajada”. Ese documento lo suscribieron Félix Díaz —sobrino de Porfirio Díaz— y Victoriano Huerta. En el tratado estipularon lo siguiente: el desconocimiento del gobierno de Francisco I. Madero; la presidencia provisional del general Victoriano Huerta antes de 72 horas, con un gabinete integrado por reyistas (aludiendo a los seguidores del extinto Bernardo Reyes) y felicistas (prosélitos del sobrino de Don Porfirio); Félix Díaz no tendría ningún cargo, para así poder contender en las futuras elecciones y, por último —también aparecía en ese acuerdo— la notificación a los gobiernos extranjeros del cese de Francisco I. Madero.

El “diplomático” conspiró e instigó la asonada; intercedió y atestiguó la firma del “pacto” pensando en que las políticas de Madero ponían en riesgo las inversiones gringas en el ramo petrolero, hulero, azucarero, minero y ferrocarrilero. Wilson fue —además de hábil confabulador— un operador político del capital financiero e intereses de su país. En julio de 1913, Wilson fue llamado por su gobierno para que explicara su desempeño durante el episodio golpista. Una vez expuesto el motivo, el ardid conspiratorio y el mecanismo del pacto subrepticio para derrocar a Madero, le solicitaron la renuncia y no volvió a México.

El ala ultraconservadora de la iglesia católica participó activamente desde los preparativos del golpe. Después de la sublevación jugaron un papel preponderante. La prensa católica a través del diario “El país” —fundado por el clero en 1899— llamaba a la unidad en torno a Victoriano Huerta y advirtió a los “rebeldes” contrarios al “huertismo” que no les permitirían excesos o abusos y con contundencia —según la investigadora Laura O´Dogherty— les señaló: “si en la lucha política es posible negociar, en la religiosa sólo existe un camino y es el exterminio.” Por si hubiera dudas, en otro artículo publicaron: “que era necesario preservar el orden, siendo implacables y crueles con los que habían hecho de la anarquía una forma de vida, atacándolos sin complacencias; sosteniendo que: (...) cuando la legalidad no basta, viva la dictadura.”

El periódico “El Universal” —fundado en 1888 y clausurado en 1911— fue considerado el medio escrito más influyente de la época, caracterizándose por ser el vocero oficial de “los científicos” —grupo de intelectuales y empresarios socios del rotativo— que gobernaban conjuntamente con el dictador. Con el apoyo y financiamiento directo de Díaz en 1896 se funda —otro importante diario— “El Imparcial”. Ambas publicaciones fueron instituidas por Rafael Reyes Spíndola. En 1911 el exseminarista y destacado periodista se dedicó —en las columnas y editoriales del diario— a fomentar el miedo por la llegada de los revolucionarios; fue beligerante, crítico e impugnador de todas y cada una de las políticas del presidente Madero; los intelectuales afines al porfirismo y “los científicos” desplazados del poder se pusieron incondicionalmente a defender y promover —en las páginas de ese y otros diarios— las tesis antimaderistas. Fueron severos contestatarios cuando sintieron que sus intereses económicos, financieros o políticos se ponían en mayor riesgo. Usaron la ridiculización: apodando a Madero —por su baja estatura—como “El enano del tapanco” o “Presidente pingüica” y los caricaturistas de la época fueron implacables en sus cartones; lo descalificaron: diciendo que estaba loco y que era peligroso para el país; publicaron otros descréditos como “argumentos” periodísticos. Los conservadores a ultranza, la ultraderecha católica, los “científicos”, los empresarios e industriales gringos y la prensa oficialista nunca comulgaron con dos de las ideas básicas de Madero: democracia y justicia social.

Un ejemplo de lo anteriormente expuesto nos los recuerda Ariel Rodríguez Kuri quién dice que El Imparcial —en agosto de 1911— publicaba lo siguiente: “Madero no garantiza nada, es incapaz de responder de la suerte de los enormes intereses que durante tan largo periodo de paz han crecido en el país (…) ¿Cómo es posible contar en lo sucesivo con Madero? ¿Qué garantía puede prestar un movimiento revolucionario cuyo jefe carece de prestigio o fuerza?”

Muchos de los hacendados, caciques y terratenientes mexicanos apoyaron o financiaron la asonada. Respiraron tranquilamente después de perpetrada la vileza. Consideraron que, con la muerte de Madero, las políticas de justicia social quedaban sepultadas y con ello se alejaba la amenaza de perder privilegios en sus fincas tabacaleras, henequeneras, cafetaleras y de otro tipo. Gracias a Dios, entre otras prerrogativas, seguirían teniendo esclavos.

La rudimentaria clase media —que soñaba o buscaba ser como la alcurnia porfirista— salieron a las calles a realizar verbenas y festejar la caída y asesinato de Madero y Pino Suarez; se regocijaron que los revoltosos y la “indiada” fueran sometidas y gozaron que los “mugrositos” se quedaran dónde debían estar y se carcajearon al pensar que de ahí nunca saldrían.

Los de alta “prosapia” brindaron —en los amplios palacios y lujosas mansiones— con coñac y vinos europeos; ellos celebraron que la “ley y el orden” volvieran a la vida nacional; que sus propiedades y las de sus aliados estadounidenses estuvieran —otra vez— a buen resguardo.

La historia sirve para algo y no es —como dicen algunos— para renegar del pasado, echar pestes a lo ocurrido en otros tiempos o buscar culpables de lo que pasa en el presente. Cuando escribía sobre la decena trágica reflexioné sobre el contexto político y social de aquella época; los “actores” que participaron en el golpe de estado e irremediablemente lo asocié con el momento actual que vivimos en el país ¿A ustedes —al leer el texto— no les pasó lo mismo?

*Aplica, con justeza, el término dignatario.

alfredopoblete@hotmail.com

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