EL LINCE: CUANDO LA PROPAGANDA ENTRA EN PÁNICO
- Guillermo Humberto Gutierrez Arias
- hace 6 días
- 3 Min. de lectura
Por César A. Vázquez Lince
Hay momentos en política donde el insulto deja de ser exceso y se convierte en evidencia.

Porque cuando el poder abandona el argumento para refugiarse en la descalificación personal, normalmente no está demostrando fortaleza. Está exhibiendo preocupación.
En Veracruz, durante las últimas horas, algunos sectores han intentado instalar una narrativa simple: reducir a Héctor a la caricatura del político desesperado, paranoico y acabado. La operación es burda, pero conocida. No buscan debatir ideas ni confrontar posturas; buscan degradar percepción pública. Es la vieja lógica de la propaganda: si no puedes controlar el movimiento, intenta destruir al personaje.
El problema es que esa estrategia suele revelar más de quien la ejecuta que de quien la recibe.
Porque en política existe una regla elemental: a los actores irrelevantes no se les combate.
Se les ignora.
Nadie despliega maquinaria mediática, insultos coordinados y campañas de ridiculización contra alguien que verdaderamente considera inofensivo. Y ahí aparece la contradicción que algunos no alcanzan a notar: mientras intentan convencer al público de que Héctor ya no representa nada, actúan exactamente como si representara un riesgo.
Y probablemente lo representa.
Ahora bien, tampoco se trata de romantizar trayectorias políticas. Héctor tiene décadas dentro del sistema, con aciertos, errores y desgaste acumulado como cualquier figura que ha sobrevivido tanto tiempo en la vida pública mexicana. Pero precisamente por eso resulta absurda la narrativa que intenta presentarlo como un personaje desorientado actuando por impulso.
Los impulsivos no operan territorio.
Los desesperados no construyen interlocución.
Y quienes realmente están acabados políticamente no generan este nivel de reacción.
Aquí lo importante no es únicamente la salida de una estructura partidista desgastada. Lo verdaderamente relevante es lo que comenzó a construirse antes de esa salida. Porque mientras algunos administraban las ruinas de partidos cada vez más pequeños, otros empezaban a recorrer territorio, reorganizar contactos y medir capacidad real de operación.
Y eso cambia completamente la lectura.
La molestia no proviene de una renuncia.
Proviene de la posibilidad de reacomodo político que esa decisión representa.
Ese es el verdadero fondo.
Por eso resulta tan revelador que algunos intenten recurrir al insulto antes que al análisis. “Loco”, “paranoico”, “vividor”, “acabado”. No es lenguaje político; es lenguaje de demolición. Es el tipo de narrativa que aparece cuando ciertos grupos entienden que ya no controlan completamente el escenario y necesitan sustituir el debate con propaganda emocional.
Algunos creen que repetir insultos los convierte en analistas. Pero el problema de vivir demasiado tiempo cerca de la propaganda es que eventualmente se pierde la capacidad de distinguir entre opinión y consigna.
Pero hay algo todavía más delicado.
Se intenta vender como delirio cualquier señalamiento relacionado con presión política o utilización institucional en un estado donde durante años las estructuras de poder y las instituciones han convivido demasiado cerca. Pretender que el ciudadano olvide esa historia requiere algo más que cinismo: requiere una memoria pública completamente anestesiada.
Thomas Hobbes escribió que el poder no desaparece, solo cambia de manos. Tal vez ahí radique el verdadero nerviosismo de algunos sectores: comprender que mientras ciertas estructuras tradicionales se extinguen lentamente, otras comienzan a moverse silenciosamente debajo de la superficie.
Y en política, los movimientos silenciosos suelen ser los más peligrosos.
El PRI dejó de ser hace tiempo una maquinaria invencible. Hoy es una estructura agotada que sobrevive más por inercia que por capacidad real de competencia. Cuando eso ocurre, los operadores políticos no desaparecen; simplemente buscan nuevas rutas.
Eso es lo que muchos no quieren admitir.
Porque aceptar esa realidad implicaría reconocer algo todavía más incómodo: el sistema político veracruzano está entrando nuevamente en fase de reconfiguración.
Y toda reconfiguración produce miedo.
Por eso aparecen campañas de ridiculización.
Por eso se intenta destruir antes de debatir.
Por eso algunos prefieren insultar antes que analizar.
Hannah Arendt advertía que la propaganda comienza cuando el lenguaje deja de utilizarse para describir la realidad y empieza a utilizarse para sustituirla. Exactamente eso ocurre cuando la furia intenta ocupar el lugar del razonamiento político.
Al final, la pregunta no es si Héctor incomoda.
Eso ya quedó claro.
La verdadera pregunta es otra:
¿por qué ciertos grupos sienten tanta necesidad de destruir públicamente a alguien que aseguran que ya no tiene poder?
Porque en política, el miedo rara vez se expresa con silencio.
Casi siempre se expresa con violencia narrativa.
Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Agencia de Noticias Nuevo Siglo. Respetamos y defendemos el derecho a la libre expresión.
Ver menos




Comentarios