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¿CÓMO EL PODER TRANSFORMA EL CEREBRO? INTERFAZ




Cuando el poder deja de escuchar


Por Jorge A. González

Periodista Freelance / Políticas Públicas


Al principio pregunta. Escucha. Toma notas.


Meses después decide más rápido. Interrumpe. Habla más fuerte.


Con el tiempo ya no consulta: ordena.


No es un juicio moral. Es un patrón documentado por la psicología social: cuando una persona concentra poder y desaparecen los contrapesos, su mente cambia. No de golpe. Por acumulación. Menos freno, menos empatía, más certeza. Y casi siempre, quien paga el costo es el ciudadano que lo eligió.


El poder activa el acelerador y apaga el freno.


Con más poder, el cerebro percibe menos amenaza y más recompensa. Aumenta el impulso. Baja la cautela. Se actúa primero y se evalúa después. El entorno deja de sentirse riesgoso. La corrección estorba.


Empieza entonces una cadena conocida.


Primero, cae la empatía. Estudios muestran que quienes se sienten poderosos tienen más dificultad para ponerse en el lugar del otro. El daño ajeno se vuelve abstracto. No siempre aparece crueldad abierta; a menudo surge algo más común: indiferencia.


Luego llega la sobreconfianza. El “yo sé”. El “yo puedo”. El “yo tengo razón”. La obediencia se confunde con acierto. El líder empieza a creer que sabe más de lo que realmente sabe.


Después aparece el doble estándar moral. La regla se endurece para los demás y se flexibiliza para uno mismo. Lo ajeno merece sanción. Lo propio siempre tiene contexto.


Y cuando nadie pone límites, la conducta no ética encuentra justificación: “era necesario”, “es por una causa mayor”, “si no lo hago yo, lo hará otro”.


Con el tiempo, el poder educa al cerebro.


Una decisión dura funciona: el cerebro aprende que imponer rinde.

Se castiga la crítica: llega el aislamiento informativo.

La excepción se vuelve rutina.

Finalmente aparece la desmesura.


Algunos especialistas llaman a esto “síndrome de hubris”: un patrón adquirido en líderes con poder prolongado, marcado por grandiosidad, desprecio por el consejo, impulsividad y exceso de confianza.


En términos simples: el gobernante se convierte en una versión exagerada de sí mismo.


Más seguro.

Menos permeable.

Más castigador.


Cuando el poder queda sin frenos, suelen aparecer tres desenlaces: choque con la realidad por errores acumulados; cierre autoritario ante la pérdida de control; o salida tardía dejando instituciones debilitadas y una cultura de miedo.


¿Y el ciudadano?


Termina gobernado por un cerebro entrenado para ganar, no para escuchar.


Eso se traduce en políticas menos sensibles al costo humano, decisiones impulsivas difíciles de corregir y mayor tolerancia al abuso.


El problema no es que el poder corrompa por arte de magia.


El problema es que, sin límites reales, el poder reconfigura la mente.


Por eso las democracias no se sostienen solo con votos. Se sostienen con frenos, crítica, instituciones incómodas y ciudadanía activa.


Porque cuando nadie le pone freno al poder, el poder aprende a no frenar.


Y entonces, casi siempre, alguien más paga la factura.


Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Agencia de Noticias Nuevo Siglo. Respetamos y defendemos el derecho a la libre expresión.

 

 

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